¿QUÉ VEN, MAURICIO GARRIDO,TUS OJOS ATÓNITOS?

Por Enrique Rivera

Todavía estás en la tentación de Antonio.
El jugueteo del fervor abreviado, los tics de pueril orgullo,
El abatimiento y el espanto.
Pero te pondrás a esta tarea:
Todas las posibilidades armónicas y arquitectónicas
Se conmoverán en torno a tu asiento.
Seres perfectos, imprevistos, se ofrecerán a tus experiencias.
A tus cercanías afluirá soñadora la curiosidad
De antiguas muchedumbres y de lujos ociosos.
Tu memoria y tus sentidos sólo serán el alimento de tu impulso creador.
En cuanto al mundo, cuando salgas,
¿En qué se habrá convertido?
En cualquier caso, nada de las apariencias actuales.

Iluminaciones, Arthur Rimbaud

Cornelis Cort, grabador holandés del renacimiento, realiza un retrato de Jheronimus Bosch llamado Pictorum Aliquot Celebrium Germaniae Inferioris Effigies, en el año 1572 en Amberes, con un epigrama en latín escrito por el humanista, pintor y escritor flamenco Dominicus Lampsonius, donde se transmite un inmenso respeto por el extraño misterio que representa la obra del pintor de Bolduque. El epígrafe, situado en el extremo inferior del grabado, comienza con las siguientes preguntas:

¿Qué ven, Jerhonimus Bosch, tus ojos atónitos? ¿Por qué esa palidez en el rostro? ¿Acaso has visto aparecer ante ti los fantasmas de Lemuria o los espectros voladores de Érebo?

Luego Lampsonius, como si estuviera rendido a la posibilidad de resolver el misterio que emana desde la obra de Bosch, trata de responderse a sí mismo:

“Se diría que para ti se han abierto las puertas del avaro Plutón y las moradas del Tártaro, viendo como tu diestra mano ha
podido pintar tan bien todos los secretos del Averno”

Jheronimus Bosch fue un retratista de lo oculto, y yo me pregunto al observar tu obra, Mauricio Garrido, cómo atreverse a llevar a palabras lo que ha sido transmitido mediante el código inquebrantable de la imagen, y que ataca directamente los más escondidos secretos de nuestra memoria.

Nocturnamente invocas el orden visual de tus composiciones desfragmentadas, y son revelados los secretos que aparecen en la entropía mental que evocan tus obras encriptadas, violentamente misteriosas, como un trueno que despierta la inocencia interna del inmaduro humano.

¿Observan tus atónitos ojos también, Garrido, el infierno que al parecer pudo encontrar el Bosco?

Pienso en tu trabajo, se queda incrustado en mi memoria, siento que ya no es tuyo, si no que se mezcla con mi propia experiencia, o tal vez con los sueños y traumas colectivos de todo el que la mira, como si observáramos los ojos de Medusa, y nos quedáramos petrificados, hasta no descubrir o aceptar lo que tus composiciones fragmentadas despiadadamente revelan.

¿Estás revelándonos los secretos de nuestros propios temblores internos, mediante tu arquetípico imaginario? Tu obra como la de Jheronimus Bosch es malvada, oscura y transgresora, no pretende embellecer los salones, si no que provocar los más básicos erotismos, y al mismo tiempo, hacernos caer en la sagrada tentación, y traspasar el velo oculto de una sofisticada vida maquínica, la que despreció nuestra amada Violeta Parra, poeta oscura que bajó también como Bosch hasta el averno, pero no sin antes llegar al más luminoso estado posible, y revelarnos por breves instantes los secretos del misterio.

Presentas portales que revelan la conexión con otras dimensiones escondidas a la catatónica vida moderna. En tu obra no existe la gravedad, como si las partes que estructuran tus composiciones levitarán en campos gravitacionales autónomos, solo justificándose en nuestra mente. Su aparente bidimensionalidad, luego de un breve instante de meditación, desaparece en diversas capas, como laberintos jungianos que en cada observador apelan a su propia experiencia interior, o como lo
describiría el mismo George Bataille, “el sol es negro / la belleza de los seres es el fondo de las cuevas un grito / de la noche absoluta”. La noche es el fondo de cada uno de tus cuadros, como nuestro secreto mundo interno es la noche también.

Para entrar a esta dimensión crepuscular es necesario el sacrificio. Y si el arte es como el mar, tú no eres un navegante que sortea su líquida derrota, si no que eres la bella sirena tramposa que habita los mortales precipicios rocosos. Luego de caer inevitablemente en el hipnótico canto visual, chocamos con los roqueríos de tus imágenes, y las capas que construyen nuestra experiencia se destruyen sutilmente, para luego llevarnos lentamente hasta el profundo océano de nuestro inconsciente, ahogándonos hasta la muerte para luego renacer, y encontrar lo que tratamos de esconder en los pliegues de nuestra cotidianeidad.

¿Cómo describir ese sublime momento de iluminación que emana desde la muerte de nuestras sólidas estructuras mentales? Ese es el misterio que cada uno al enfrentarse a tu obra puede descifrar. Y como los pequeños fragmentos que componen tu obra, nuestra experiencia individual se funde con tu imaginario, capturándonos en un laberinto de símbolos trascendentales.