EL PORVENIR ANTERIOR

Por Vicente Ruiz ©

Hacia adelante en el tiempo, cada vez que se estudie el collage, será citado Mauricio Garrido. Su trabajo ilumina una línea histórica, que comprende en sus orígenes diversos autores. Por destacar algunos, los artistas visuales Hugo Marín y Ludwig Zeller. Ambos, aunque no sean sus coetáneos ni referentes, firman una página importante de la creación de imágenes fragmentarias en Chile.

Esta técnica, llevada al paroxismo en Garrido, abre un portal en la estructura de su trabajo, conectando la superficie, siempre profusa, con el interior de una existencia posible en la intimidad de la forma y, a la vez, sincrónicamente, es un camino de misterio.

En el sentido de auscultar, su trabajo abre la técnica del collage, disecciona su operación, la explica, la expone, la reordena según sus cálculos, la trasluce y profundiza en el fraccionamiento del interno contemporáneo. El ojo del observador reconoce la cualidad de esa tecnología, sabe leer esa previa desestructuración: la destrucción de la proveniencia del objeto – un libro, un juguete, un film con fines extractivos. Y, tomar posesión de su visualidad. Las imágenes colapsadas vuelven a la vida como una alusión, como un signo, como una fábula de lo que son, restos de sí mismas. Aquellos retazos superan lo que fueron, perdieron su significado y conforman la componenda de una alegoría. Es por eso que esos fragmentos fueron convocados, olvidan jamás a qué vienen.

La aparición en un sentido símil – como la ensoñación – es también otra manera de visión. La visión, aquel descubrimiento de la figuración suspendida en el éter virtual, que si es recortada de su estado nube, cae al plano y por medio de la narración se eyecta, como armonía tridimensional. Mauricio Garrido ha realizado más de 30 versiones distintas de Las Tentaciones de San Antonio (Antonio Abad, año 300 D.C.) Éste santo describe en sus cartas sus experiencias alucinatorias – San Atanasio lo refrenda en sus escritos sobre el Mónaco – una serie de apariciones: asaltos de leones rugiendo amenazantes, osos, leopardos, toros que acometen con peligrosos cuernos, nidos de serpientes retorcidas dispuestas a dominar, áspides, escorpiones y lobos desgarradores. El ruido multiplicado, ensordecedor, del diablo y de la tentación. Lo descrito por el eremita manifiesta el mecanismo de un traslado, uno que hay en el acontecimiento que media entre ver y hacer ver. El traslado equivalente que hace Garrido cuando porta un pedazo de realidad anterior y lo integra como parte de una visión venidera.

Muy probablemente, a través de la obra pictórica el Tríptico de las Ten- taciones de San Antonio (Hieronymus Bosch,1501 aprox.), pudiera establecerse una especie de genealogía, un puente referencial, un modelo fundamental de la propuesta ideológica de Garrido. No sólo porque a través de esa precisa obra estudia, insistentemente, al artista de la baja Europa, sino porque descubre una línea histórica paralela, que suma a diversos creadores universales que han realizado sendas versiones de las tentaciones del santo egipcio: Miguel Angel, Grü- newald, Cezanne, Ernst, Carrington, Dalí, Rivera, el chileno Claudio Bravo.

El collage formula resolver la extrañeza frente a la destrucción de la existencia. La multiplicidad, la proliferación, el desborde y la enajenación; recombinadas, separadas de su matriz, inauguran nuevas relaciones de desconcierto. En ese extrañamiento entre sus partes manifiestan su naturaleza monstruosa. Probablemente, aquel reconocimiento de la deformidad, fue experimentado antes por el artista como visión ¿Ver qué? Un híbrido de dimensiones colosales, un Seth, un Golem, un Frankenstein que emerge de la ilustración, de lo enciclopédico, del conocimiento inabarcable, como emerge la cultura cuando se abre un libro.

Es un traspaso de visualidades. Es una aplicación equivalente a una realidad aumentada, que en su inmersión aúna virtualidad y cuerpo físico. La poesía visual de Garrido reedita la señalización del cuerpo a través de marcas vivenciales. Trabajar con lo encontrado, dispara la naturaleza modificada del impuro hacia una visibilidad completamente inédita. Influye en la realidad de lo ya vivido, en su enunciado, aunque ya no exista.

A través del collage el artista extrae de la entidad su división intrínsica. Aquella especie de desintegración previa, que al reeditarse infinitamente, transporta el presente del que observa a una reencarnación de lo invisible.

A través de originales e incesantes asociaciones, esa especie de rotura de la composición, aquel dispositivo sináptico, permite atravesar aquel espejo que refleja interminables cadenas virtuales, vulnerando innatos cruces en el objeto artístico.

Puede ser que la técnica del collage en Garrido – al no ser digital – sea leída desde la virtud de su artesanía, y tal vez, se le atribuya a esa acción, justamente, su plena inserción en el relato de la historia del arte. Sin embargo, el concepto que se aprecia en su obra, a su vez, lenguaje y contenido simbólico, nace de una idea de la desintegración de la preexistencia. El tránsito ininterrumpido que se produce al traspasar objetos y realidades. Y, esto sea, para el artista, toda la evidencia de intervenir en la contemporaneidad.

De su paso por la performance es que participa, generalmente, como cuerpo en sus obras de collage digital. Es la voz que instruye al personaje femenino en LECHE. En NIEVE aparecen sus manos; se comprende que es – él mismo – quien manipula, por un lado, los juguetes, mientras porta con la otra mano la cámara. Lo mismo hace al grabar en KM 0 con una cámara perceptiva los sucesos históricos con- frontados con los hechos triviales de la ciudad. En Méliès aparece su cabeza animando el correcto traje de un cinematográfico James Bond. Y en THE AUTOGRAPH, protagoniza un encuentro entre artistas de muy distintos orígenes, sin embargo, trasvasijes de una cultura idéntica.

Al aparecer él, quizás, ejerce control sobre la incertidumbre. O busca comprobar la existencia íntima de la fragmentación de frente a los soportes de la materialidad, y en el caso del video digital, de la inmaterialidad.

Garrido encuentra sus papeles y los recorta, los pega con las manos en un ritual a puerta cerrada en su taller, básicamente de noche, cuando nadie está, sin testigos, excepto el mundo virtual paralelo que lo acompaña obsesivamente cuando trabaja. Él mismo realiza los tapices manualmente y también, sus esculturas. Su cuerpo nunca deja de intervenir.

Es en el viaje del encuentro corpóreo con los objetos que detona el desplazamiento hacia las imágenes del porvenir en su creación. Lo encontrado está vivo. La carga de la connotación emana del objeto usado. El símbolo impregna la trascendencia una vez que se la desestima como cuerpo.
Probablemente sea la vitalidad del objeto a la que Garrido busca dar forma. Hacer inminente su existir recíproco, respirando del otro. Al levantar el abandono, uno humano, uno contemporáneo, vence la incertidumbre y en ese acontecimiento estructural, encuentra, su paz.
Es lo útil la existencia y lo inútil la manera de la muerte. El arte de Mauricio Garrido resucita el objeto, aunque transmigrado. Cuando vuelve a abrir los ojos, despierta siendo otro.
La huella humana a través de los dedos que deja el lector de un libro y que termina destinada en algún collage. Aquella marca que se imprime, cuando alguien ha cogido con las manos un juguete o se ha cubierto con una vieja frazada y que, más tarde, pasa a ser parte de un tapiz o una escultura, superando la fobia al contacto del otro.
Son las imágenes anteriores, de anteriores films o de anteriores vidas, las que se adelantan al ser y toman la forma de un camino por venir, uno que nacería de la aniquilación de su preexistencia. En ese traspaso de una forma a otra, tal vez, guardan la certeza de volver a nacer.